Aquellos
otoños de rebelión.
La
habitación se achicaba con cada pensamiento que surgía en la soledad de la
noche. Aquellos fantasmas que merodeaban en cada recoveco convocando a miles de
pensamientos, de miedos, de ansiedad, sin resistencia alguna alzaban sus voces al
son de la victoria.
-¿Acaso no volveré
a verla jamás? ¿Será que la quiero, o peor aún que la amo?
Preguntas infinitas
se avallaban al joven que quedaba desnudo ante la perplejidad de no poder dar
respuesta a sus incertidumbres. ¿Acaso tenían respuesta alguna?
Caminaba incesantemente
como un animal enjaulado, buscando algún lugar donde esconderse, donde
refugiarse y encontrar paz. Aquella paz que hoy sentía tan ajena. “El amor no
es dulce como lo venden, el amor es un acto de crueldad hacia uno mismo”
pensaba una y otra vez. En los momentos en que se exaltaba hablaba en voz baja,
casi inentendible. Repetía frases, insultos destinados a sus miles de
fantasmas.
Sin tomarse
siquiera un minuto para decidir, tomo las llaves y abrió la puerta sin tomarse,
aunque sea, el tiempo de cerrarla. ¿Le importaba acaso lo que pudiera sucederle
a sus cosas? Solo tenía un colchón con un par de sabanas viejas, una almohada
que daba lastima, un par de libros de temáticas diversas ya que si bien gustaba
mucho de leer, lo económico le impedía acceder a los mismos. Se ingeniaba miles
de maneras para obtener aquello que deseaba en ese momento, por ejemplo; si
necesitaba un libro iba a la biblioteca del barrio o a la nacional con la
esperanza de encontrarlo allí. Si esto no resultaba preguntaba si alguien lo
tenía, si se lo podía prestar o canjear por algún otro libro que el tuviera.
Muchas veces brindaba sus servicios como profesor, sabía de todo pero jamas se
jactaba de erudito ya que siempre decía que al lado de todo erudito siempre se
encontraba un pelotudo y viceversa. En
los momentos de mayor desesperación su impulso lo llevaba a robarse el libro
enfrente de la cara del vendedor. Logrando de esta manera maratónicas corridas, con las cuales hacía
ejercicio que nunca viene mal, y aumentar su grado de excitación lo cual le
aumentaba su deseo por dicho objeto.
“Siempre
busco lo difícil, me destaco en romper paredes con la cabeza. Si fuera fácil
para que intentarlo.” Esta frase la repetía en toda reunión social, jactándose de
su ingenio. Un ingenio que ni el creía. Una arrogancia que ocultaba la miseria
de una vida mal vivida.
Caminaba y caminaba,
aumentando cada vez mas la velocidad hasta que empezó a correr intentando huir
de sus fantasmas. Sin embargo, sabía que era inútil. Era presa de sus propias
miserias.
Se detuvo en
una esquina, miraba a la nada con un temor irracional a caer en el vacío.
Aunque el sentía que ya había penetrado en el oscuro mundo del amor, dejándose caer
al vacío, a la nada misma. “¿Por qué la tuve que conocer?” se preguntaba agarrándose
la cabeza buscando alguna protección a aquellos males que le aquejaban. Su
preguntaba apuntaba a un deber, tuve que… se empeñaba estúpidamente a no
aceptar lo que sentía por mas fuerte que se hiciese sentir.
De pronto,
la calma se hizo presente. Lo tomo por sorpresa. En aquel momento su cuerpo se
desvanecía en el aire, ya no sentía nada. Una idea lo ilumino, o quizá lo encegueció
pero esa idea le alcanzo para estar en paz.
Se acercó a
la primer plaza que encontró sentándose en el primer banco que vió.
“La voy a ir
a visitar…” Se dijo a si mismo.
Un silencio
atroz se apodero del mundo, todo a su alrededor era superfluo e efímero. Nada
le importaba salvo esa idea. Ir a visitarla.
Se levantó
del asiento con una tranquilidad que lleva a dudar a cualquiera que aquel
hombre hubiese estado en el estado anterior.
Dificil
calcular la cantidad de horas que caminó, pero al llegar a la puerta de la casa
se detuvo. La contempló unos minutos. Sudaba como si hubiese estado corriendo
por horas.
“No tengo
palabras que decirle” pensó y sin titubear tocó el timbre una vez. Un timbrazo
corto pero seguro.
Ella del
otro lado con los ojos llenos rojos e hinchados estaba segura que era él. “Lo
siento en el aire” se dijo para si misma. Y abrió la puerta. Sus miradas se
encontraron, parecía que se conocían de toda la vida. Un fuego ardía en sus
almas, una sensación inexplicable recorría sus cuerpos.
-Te prometo que este
abrazo durará para siempre... que el tiempo es nuestro, que se lo puede burlar.
No me crees?
-No, pero no me importa. Quiero que me abraces.
Hay momentos en que los actos cotidianos, se vuelven el mayor homenaje a la vida. Y en esas noches, días, amaneceres o quizá, porque no, atardeceres en que esperamos que algo "grande" suceda, o peor aún, cuando no esperamos que nada suceda, un simple hecho, pequeño, que escapa a nuestra mirada, a nuestro sentir día tras día... se nos marca a fuego en nuestros cuerpos, ilumina nuestras almas. Y ni la estrella fugaz en aquellas noches frente al mar puede igualar tan irrepetible sentir.
Y el abrazo duró segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años... siglos... en realidad no importaba. A ninguno le importaba. Ese abrazo era la culminación de un todo, de aquellas palabras mudas... de lo que no se dice, ni se debe decir. No importó cuanto duró ese abrazo, sino que el abrazo era un abrazo y lo estaban sintiendo.
-No, pero no me importa. Quiero que me abraces.
Hay momentos en que los actos cotidianos, se vuelven el mayor homenaje a la vida. Y en esas noches, días, amaneceres o quizá, porque no, atardeceres en que esperamos que algo "grande" suceda, o peor aún, cuando no esperamos que nada suceda, un simple hecho, pequeño, que escapa a nuestra mirada, a nuestro sentir día tras día... se nos marca a fuego en nuestros cuerpos, ilumina nuestras almas. Y ni la estrella fugaz en aquellas noches frente al mar puede igualar tan irrepetible sentir.
Y el abrazo duró segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años... siglos... en realidad no importaba. A ninguno le importaba. Ese abrazo era la culminación de un todo, de aquellas palabras mudas... de lo que no se dice, ni se debe decir. No importó cuanto duró ese abrazo, sino que el abrazo era un abrazo y lo estaban sintiendo.
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