Un rato antes de empezar a armar su bolso, se quedo admirando aquellas fotos de su viejo amor. "Como es posible que
estas fotos me generen tanto odio, tanto rencor... si tiempo atras las miraba y sonreía con todas las ganas del mundo de volver a estar allí, junto a él sin poder esperar ni un segundo a que se vuelva a repetir"- pensó.
Luego, sin mas vueltas, cerró el álbum y lo preparó para tirarlo a la basura. Para enterrar esos momentos, para no tener que cruzarse nunca mas con esa imagen que tanta tristeza le hacia sentir. Pero a pesar de haberlo decidido, el deshacerse del álbum tan cargado de emociones, no podía dejar de pensar como es que había terminado todo así. Se culpaba, lo culpaba, se culpaba para luego volverlo a culpar nuevamente... así, ciclicamente, iban encadenándose sus pensamientos. Hasta que por fin, decidió empezar la tediosa tarea de armar la mochila ¿Tediosa tarea para tan tedioso viaje?
Al día siguiente, la fría y oscura madrugada la esperaba con los brazos abiertos dispuesta a acurrucarla hasta que el amanecer decidiera aparecer.
Saludó a sus dos amigas con las cuales viajaría, siempre dejando un margen de duda mas allá de solo faltar una hora o menos para que dicha odisea comenzara.
-"¿Qué carajo hago acá?"- Se preguntó, muy disgustada con ella misma. No tenía ganas de viajar, no tenía ganas de ver a aquellas dos personas que decían ser sus amigas, de las cuales no sabía nada mas que era lo que les gustaba beber a la noche, sus intimidades en la cama con sus fugaces "amores" y sus trabajos.
Nunca un comentario, nunca unas palabras más allá de lo cotidiano. Se sentía sola, triste y quería llorar. Quería salir corriendo, escaparse de todo. ¿Acaso no era eso lo que estaba haciendo?
Finalmente, el colectivo que los llevaría a su destino llego. Solo quedaba que guardara su bolso, que le cortaran el pasaje, que se subiera al mismo y que se sentara en el lugar previamente estipulado.
Todo tan reiterativo, aburrido, tedioso, molesto. No lograba encontrarle ni un adjetivo que fuese agradable. No lograba ver la otra cara de la moneda. Para ella la primavera era fría, el atardecer y el amanecer le generaban una apatía inmensa.
Cuando se sentó revisó que todo lo que llevaba en los bolsillos todavía estuviese ahí. Sin ningún interés, abrió el libro que había decidido llevar al viaje, y en su interior encontró una flor... marchita, seca.
"Solo florecen para marchitar... que triste..."- pensó.
Durante el viaje, recorrieron diversos pueblos, admiraron paisajes indescriptibles. Hasta que una noche, decidió salir a caminar sola a la costa. Siempre el sonido del mar la calmaba. Caminaba muy rápidamente, hasta que sin darse cuenta empezó a subir una colina. Al llegar se encontró con un mirador, donde se se encontraba un banco de madera para sentarse.
Su mirada, vacía, al horizonte de perturbó. Sus ojos se humedecieron y se quebró en llanto.
Pasada una media hora, se inclinó nuevamente para secarse las lagrimas... y sonrió.
Estuvo unos minutos más sentada admirando el paisaje, por primera vez desde que había empezado el viaje sonreía y podía realmente admirar un paisaje.
Antes de retornar su caminata de vuelta, acaricio con sus dedos un extremo de la banqueta donde decía "Aunque ya no estemos juntos, nunca olvides sonreír y recordar este momento como lo vivimos. Nunca te olvidaré"
Y así fue, ese mensaje que él había escrito para ella esa misma noche en que habían subido juntos a aquel mirador le devolvió la sonrisa. Después de todo, él se acordó de ella. Se acordó que ella volvería a ir a ese mismo lugar para poder dejarlo atrás y poder avanzar.